sábado, 20 de junio de 2015

Morrón para Manuel

En casa, cuando era niña, teníamos una férrea política familiar: Está en tu plato, te lo comes. No hay nada más que decir al respecto. Te lo servían, te lo comías, sin derecho a réplica. Claro que cada uno tenía derecho a renegar de un sólo platillo. En el caso de mi hermano, se vetó la crema de espárragos. Yo pedí olvidar por siempre las prietas.
Pero fuera de esas excepciones, todo tenía que ser devorado. Aunque, claro, esta ley se esfumaba si estábamos de visita en casa de los abuelos. Recuerdo a mi "mami", preparando el plato infantil por excelencia: Arroz, un churrasco, tomate, palta y mayonesa. Mi abuelo, por otra parte, siempre se preocupó de que jamás faltara Coca-cola en la mesa. Ahora no parece gran cosa, pero en mi casa las bebidas estaban reservadas para ocasiones especiales. No así donde mis tatas, donde cada capricho culinario era cumplido a cabalidad. Yo amaba comer lo que yo quisiera, y ellos eran felices de proveerlo, cada uno en su estilo: Mi nona disfrutaba tener a alguien que la eximiera de hacer preparaciones muy elaboradas y mi nono era un alma generosa siempre dispuesta a ofrecer chocolates y dulces mientras entregaba consejos para la vida. Una de las lecciones que me quedaron grabadas era el "comer todo lo que te haga bien". En su filosofía campesina, si algo "hace bien", tiene que gustarte, independientemente del sabor.
Pero claro, como el menú se hacía según mis preferencias, jamás tuvo Manuel la fea visión de su nieta regalona rechazando comida. Su papel de consejero era, pues, un éxito.
Probablemente mi nono es una de las personas que mayor influencia ha tenido en mi. Pero su imagen de abuelo bondadoso contrastaba con una chispa maliciosa que tenía en la mirada. Pregonaba el hacer caso a los padres, profesores y sacerdotes, pero rebosaba de orgullo ante cualquier muestra de astucia infantil. Aun recuerdo cuando me enseñó a jugar voley, y quebró la ventana del comedor mostrándome cómo dar pases. Mi abuela salió presurosa a averiguar qué producía tanto alboroto...y el buen Manuel, con expresión seria, le pidió que no me retara, porque, después de todo, los niños suelen romper cosas y un vidrio no era nada grave. Es más, para demostrarme que no había nadie enojado, el almuerzo sería elegido por mí y él ya luego él repararía mi error. No fue la primera vez que me  inculpó de crímenes de ese tipo, pero mi silencio, sobra decirlo, estaba muy bien pagado.
Es así como,impulsada sus genes, creé las formas mas rebuscadas de no comer nada que no me gustara. No hay nada más horrible que el sabor de aquello que nos arruina el comer. No me considero malcriada, pero leche, pimientos, prietas, sopas y un par de minucias jamás tuvieron mi aprobación.
Era una niña obediente y tranquila la mayor parte del tiempo. Una coartada eficaz para evitar aquellos suplicios, recurriendo a todo lo que podía con tal de salirme con la mía. Intercambié platos de guisos y sopas con mi hermano por medio de súplicas, argumentos, amenazas, lisonjas y chantaje; inventé alergias a los pimientos, derramé bebida convenientemente sobre la tortilla de acelga, esperé descuidos para regresar platos enteros a su fuente de origen, y realicé todos los ardides que se me ocurrieron para evitar mancillar el sublime acto de comer con un mal sabor de boca.
Pero un incidente familiar cambió drásticamente la dinámica: Una hermana pequeña, revoltosa e inesperada llegó para voltearlo todo. En algún punto, mi madre abandonó el lema familiar. Comencé a notar que podía, cada vez con más soltura, evitar aquellos alimentos que no alegraban mi espíritu. Todo esto, gracias a la más pequeña de la casa, que suele monopolizar la vigilante mirada de mi madre durante las comidas.
Dejar comida en el plato es una fea costumbre, eso si lo sé. No hay nada rescatable en ello. Pero supongo que es un fiel reflejo de lo mala que soy enfrentando situaciones desagradables. Si evito a toda costa comer pimientos, también dilato hacer llamadas incómodas. Es decir, esquivaré todo aquello que deje un mal sabor, ya sea culinario o emocional.
¿Y mi abuelo? Seguramente vociferaría ante mi falta de carácter para enfrentar aquello que no me gusta. Pero sonreiría con los ojos ante la imagen de una niña repartiendo delicadamente la cantidad justa de leche en las tazas vacías de todos sus compañeritos, de manera que  parezcan los restos que los demás niños dejaron. Y casi puedo escuchar sus carcajadas cuando pienso que, luego de deshacerme del desagradable líquido, le mostraba la taza a la  profesora y le preguntaba si podía tomar un poco más.

miércoles, 10 de junio de 2015

Déjeme la jarra

Llevo un par de meses sin escribir, mientras nadaba en el mundo de la cesantía, el acabose existencial, entrevistas de trabajos, nuevas labores y un millar de cosas. Pero no dejé de comer, por supuesto.
Durante la temporada de zozobra emocional, puedo contar muy poco. ¿Qué hice durante esas dos semanas? No mucho. Recuerdo un vago intento por ordenar mi cuarto. Vi películas que ya puedo recitar de memoria, escena por escena. Fui a un par de clases, más por hacer algo que por una necesidad imperiosa de aprender. Y comí.
No comí nada memorable. De echo, no tenía ganas de comer. Primera señal inequívoca de que algo no anda bien. Por mi mente dejaron de pasar esas imágenes cotidianas de sushis, pollo con papas fritas, ensaladas de fruta, verduras salteadas, quesos variados, tartaletas, duraznos con crema, comida china, fetuccini alfredo, tostadas con palta, postres helados y todo el desfile de preparaciones que constantemente se aloja en mi cabeza.
Y por más que lo intentaba, no llegaban a mi. Como si cada una de mis papilas gustativas se negara a sentir algo más que apatía. La falta de antojos se considera un síntoma grave. En mi caso, alarmante.
Pero el agua pasó bajo el puente y antes de cumplir 10 días en lo que los españoles llaman "en paro", ya tenía un nuevo escritorio y un régimen horario bastante exótico. No cuento, claro, con los medios para satisfacer todos los irrefrenables llamados del estómago, pero los vaivenes emocionales han desaparecido.
Pero como la sabiduría augura, ninguna desgracia viene sola. Luego de cumplirse una semana de mi estado anímico vegetativo, uno de mis restaurantes favoritos, cercano a casa y económico, cerro intempestivamente. Dejaron las sillas, la televisión y los computadores intactos y hasta un par de boletas sobre el mesón. No supimos cuándo pasó. Sólo que ya no volverían. 
Otro revés emocional. Un restaurant cerrado es un amigo que se marcha. Ha pasado más de un mes y ninguna explicación. ¿Dónde se fue la mesera que se acercaba sonriente y preguntaba si quería lo de siempre, que nos avisaba de las nuevas preparaciones, conocía mis salsas favoritas e incluso se quejaba de los otros clientes si estos no correspondían su simpatía? Quizás la última parte no era muy profesional, pero sus muecas siempre me hacían reir.
Además...¿Dónde están mis salsas de cilantro, maracuyá y olivo? La primera tenía un bonito color verde pistacho, que siempre me hacía pensar en un cuarto fresco y ordenado. La de maracuyá era semi transparente. Al comienzo no filtraban las pepitas, pero su dulzura acompañaba maravillosamente casi cualquier platillo. Y mi salsa de olivo tenía el gusto a uno de los frutos que mejor se dan en mi tierra, la aceituna, pero sin ser empalagosa. 
Pese a que tengo la necesidad de probar cosas nuevas, también me gustan los rituales. Íbamos casi siempre a la misma hora. Y siempre tenían puesta la misma telenovela. Me llegué a encariñar con los personajes, aunque jamás conocí su destino, pues mi restaurant cerró dos semanas antes de que el amor triunfara sobre todo.
Y, cual amante despechada, me lancé a la búsqueda de nuevos locales de su tipo. Hay tres cerca de casa. Pero...no. No tienen salsa de cilantro, maracuyá ni olivo. El mesero no sonríe,  las mesas están muy juntas, o casi nunca tienen pulpo entre las preparaciones. Dios, cómo extraño unos buenos cortes de pulpo.
Y así, el tiempo ha pasado. La cesantia dejó de ser un fantasma hace ya mucho, pero sigo sin un lugar para celebrar su retirada, que esté cerca de casa, sea económico y que tenga a una mesera confianzuda y encantadora.
Por eso a veces, voy a mi juguería de siempre, donde los meseros escriben tu pedido en láminas de vidrio, y pido una malteada de frutilla con plátano, o un plátano alegre. Y les pido que me dejen la jarra, porque hay muchos recuerdos por los cuales firmar.



miércoles, 8 de abril de 2015

La lechuga sin limón

Muchas cosas han pasado en este último tiempo. Entre ellos, una misteriosa dolencia en el brazo que me ha obligado a transformarme en una zurda honoraria, agradeciendo mi innata habilidad en ambas manos. Lo segundo y más notable, es que debido al azaroso sistema del trabajo a honorarios, hace un par de días fui la elegida por los dioses de los sobres azules.
Nada saco con rememorar el instante en el que te avisan que dejarás de formar parte de tu lugar de trabajo. Generalmente, no es grato. Pero no es ese instante el que llama mi atención. Son las horas posteriores.
Si un lunes, cerca de las 10 de la mañana, recibes el temido anuncio que vaticina un futuro laboral incierto a partir del próximo viernes, se te entrega, en teoría, 5 jornadas de lo más extrañas. Irás a la oficina, saludarás a tus compañeros, te reirás de sus chistes, revisarás correos, contestarás llamados y, en pocas palabras, continuarás tu rutina normal. Continúas con tus labores porque, técnicamente, sigues en ellas durante una semana más.
Sólo que no es una semana más. Al menos, las labores me saben extrañas. Pensaba, mientras disimuladamente buscaba las pocas pertenencias que tengo en mi escritorio, en algo que pudiera compararse con esta sensación tan indescriptible.
Entonces, al día siguiente, encontré la respuesta luego de una agradable conversación con una futura ex-compañera a la que le solicitaba unos diseños en un formato distinto al enviado. Acordamos el formato necesario, nos preguntamos sobre el fin de semana largo, intercambiamos recetas caseras para el resfriado y luego cada una retomó sus asuntos. Desde el minuto en el que colgué el teléfono y pasee mi vista por el escritorio, casi pude imaginarme un plato frente a mis ojos.
Redondo, pequeño, blanco y sin absolutamente ningún otro adorno que las lechugas que contenía. Todas de un color verde vivo, picadas meticulosamente en trozos finos. La ensalada, en mi visión, lucía inmaculada. Pero insípida. Sin tenerla físicamente a mi alcance, yo sabía que no tenía una pizca de sal. O limón. Ni vinagre, o un poco de ajo molido, mucho menos pimienta.
No tenía más que gusto a lechuga. Y siquiera podría decir que era una lechuga particularmente intensa en su sabor, pero no. Incluso, el tenedor del plato no tenía marcas destables o incluso recordables. El tenedor más genérico imaginable acompañaba a un perfecto plato de lechuga picada en una visión que tuve contemplando el escritorio más desolado del mundo.
Aunque tal lechuga sin limón, sal, ajo ni vinagre no existe, por supuesto. Pero eso no quita que el día del despido, al caer la noche, la recibiera con sushi y una tabla de quesos. Después de todo, que esté en mi cabeza no significa que no pueda quitarme el mal sabor.


martes, 17 de marzo de 2015

Todo lo bueno puede ser peor.

Voy a partir por lo siguiente: Soy de esas personas que comen sushi. Mucho. Probablemente en el camino destruí irrespetuosamente siglos de historia asiática, porque los como como si fueran dulces. y con ingredientes que muy poco tienen que ver con este platillo tradicional. Declarándome culpable, y entendiendo que, sumado a todo lo anterior, el gusto por estas piezas de arroz con variados acompañamientos suele asociarse con el arribismo y la cultura del "yo lo como/hago/veo porque es muy refinado", mantengo firme mi postura y filosofía: Si sabe rico, hay que comerlo, saborearlo, degustarlo y tenerlo cerca, aunque eso signifique colgarse etiquetas presta
das.
Hace un par de días, dejé mi amada y pequeñita ciudad costera para dirigirme a la capital. En un arrebato gastronómico, extrañé la mezcla de arroz agrio con verduras y productos del mar. La metrópolis me sedujo con rapidez, y camino al que sería mi hogar por las próximas 72 horas, vi muchos pequeños locales dedicados a esta pequeña delicia.
Al segundo día, luego de anochecer, me pareció el momento idóneo para satisfacer mis caprichosos antojos. Claro que para todos quienes venimos de una pequeña ciudad, la jungla de cemento puede ser intimidante. El cansancio y las recomendaciones de no alejarme mucho de la casa de huéspedes durante la noche me empujaron a un patio de comidas. Entonces, se libró en mi interior una lucha encarnecida: Mientras mis antojos de sushi seguían creciendo, una voz débil susurró una inaudible señal de advertencia. Supongo que luego de tantos años de ser ignorada, la vocecilla, además de baja, es bastante desganada.
Una cadena ofrecía el delicado manjar. La amable dependienta me recomendó el menú para lobos solitarios. Accedí, tomé asiento y espere, saboreando de antemano mi platillo. Ajena estaba al terror que preparaban para mí tras la barra. Si presto atención al recuerdo, incluso me parece escuchar la banda sonora de Tiburón.
Al ser la única cliente del local, una seña bastó para que dejara mi animada conversación telefónica. La bandeja, de intenso color amarillo, ofrecía, además, servicio delivery. Tomé los palitos que tanto me costó aprender a utilizar, y ataqué una pequeña empanada de aspecto tirante y brilloso. La gyosa no me bastó como señal de advertencia, y vaya que lo intentó. La masa semifría y chiclosa, el relleno demasiado caliente y un mar de aceite entraron presurosos a mi boca. Probé entonces con los pequeños rollitos. Demasiado grandes, más cuadrados que redondos y sin alma. Pero los probé. Cerré los ojos, un temblor involuntario recorrió mi cuello y saqué la lengua. Mi cerebro estaba confuso, asombrado...desamparado. "¿¡Pero si el sushi es delicioso y siempre nos gusta...por qué es desagradable?! ¡Esto es malo y el sushi el rico!" le oí murmurar pasmado.
Pero cada bocado sabía a decepción. Se supone que era rico. Un platillo delicioso, simpático de comer, variado, liviano...pero no. Quería que se terminaran. Quería dejar de comer, levantarme y alejarme rápidamente de la bandeja amarilla que, cruelmente, me demostró que un alimento puede ser, a la vez, insípido y demasiado salado. Porque eso era. Insípido y demasiado salado.
Casi en modo automático terminé mi cena. Estaba perpleja. Caminé, desamparada, hacia el supermercado, mientras intentaba procesar el terror vivido.
Cuando tomé conciencia de mi entorno, estaba en la sección de postres. Tomé un Chandelle de chocolate, una pannacota de frutos rojos y un 1+1 de chococrispis. El aire seco de Santiago me anunció la salida.
Llegué a la hostal y comencé a comer los postres con avidez. Tenía muchos recuerdos que borrar.



lunes, 2 de febrero de 2015

Cazuela: Volver a la caverna de Platón

Seré muy franca: Ya me resigné a las caras de incredulidad cuando confieso -casi siempre en voz baja y mirando al piso- que no me gusta la cazuela, ese plato estandarte de la comida chilena, que parece concentrar en un plato de fondo con esa mezcla aguada y colorida, lustros de tradición hogareña. (Le dedicaré un texto completo en alguna oportunidad, nada demasiado amable. Evidentemente, la detesto).
Pero el odio verdadero siempre traerá consigo daños colaterales. Y yo concluí en mis primeros años que, si odiaba la cazuela, todo caldo, sopa o preparación que recordara mínimamente a mi archienemiga culinaria debía compartir aquel sentimiento. Incluso, los guisos se vieron alcanzados. ¿Qué es eso de arruinar algo tan maravilloso como las verduras poniéndoles agua caliente encima? ¿Por qué el tomate y la zanahoria tenían que perder esa alegría de vivir, para ser convertidas en una masa aplastada, casi siempre de un feo color, y que además poco ayudaba a soportar las temperaturas de 26°C que tenemos en pleno otoño? ¿Es absolutamente necesario, además, seguir con la absurda tradición de comida aguada en verano? Un largo día en el colegio, usando un uniforme color beterraga,¿No era acaso bastante castigo como para llegar a casa y notar que en tu puesto una maliciosa cuchara te miraba, socarrona, a la hora del almuerzo?
Mi rostro, incapaz de desimular los amargos sentimientos que me embargaban, jamás ocultó mi desdén ante tales preparaciones. Y parecía ser la única de nuestra alegre familia que no había caído en las garras de la tradición. Yo había abandonado la cueva de Platón de los alimentos acuosos a la tierna edad de 5 años, dejando a mi familia atrás, sumidos en un mar de fideos que perdieron todo el derecho de revolcarse alegremente con la salsa, y cuyo destino era languidecer patéticamente en un mar con poca sal y restos de otros infortunados ingredientes.
Era entonces que siempre acudía a mi cabeza la imagen de Mafalda, protagonista de las tiras cómicas que leía en busca de mi personaje favorito, Miguelito. La niña de pelo esponjoso no representaba para mi otra cosa que una distracción en las aventuras de mi héroe, aunque nos unía el desprecio por la insípida mezcla. Aunque, claro, mis protestas eran rápidamente anuladas por la mirada de advertencia de mi progenitora, e invariablemente, la sopa era consumida con una pobremente disimulada mueca.
Curiosamente, en medio de este desaire provocado por este intocable alimento, siempre fui una gran aficionada a las cremas. La mezcla de crema de leche con espárragos, choclos, tomate, champiñones, lentejas y cualquier otro elemento siempre me pareció increíble. La gloria era, y sigue siendo, máxima si a su espesa textura se le agrega pan frito. A mis 26 años, y gracias a los caminos que he elegido andar, he desarrollado la tesis de que casi cualquier cosa puede mejorar si se le agrega crema o mantequilla. Debí notarlo entonces, cuando me brillaban los ojos ante una porción de crema de espárragos. Lo sé ahora.
Entonces, hace no demasiado tiempo, me sorprendí un día cualquiera, pero memorable, con deseos de tener un calor en mi interior. En medio de terribles resfriados, me parecía que una trillada sopa de pollo podía ser reparadora. Comencé a sentir una punzada de envidia cada vez que madre preparaba para ella y mis hermanos una humilde sopa para la noche, marginándome de la preparación aduciendo que, si durante toda la vida me escapé de la comida caliente y hogareña, no había razón para incluirme en el festín. Incluso, sentía como una traición a mí misma el imaginarme comprando un tazón especial para aquellos brebajes, con asas a los costados y preferentemente de un color vistoso.
Y pese a los esfuerzos para negarme ante esta nueva verdad, un día me descubrí eufórica tras probar una velouté de pollo, cremosa, con crutones, maravillosa. Si pensé, por un momento, que podía mantener la esperanza escapar de todo aquello, esta se esfumó cuando me vi de pie frente a una enorme olla que en su interior contenía agua, especias, huesos de pollo y burdos restos de verduras, obteniendo subrepticiamente pequeños timbales llenos del aromático y seductor líquido, teniendo como aliado a un amigo oriundo de la zona sur, fanático de todo lo que le recordara el frío de su tierra. Entonces me rendí ante lo impensable.Yo quería tomar sopa en la noche, cuando el calor desaparece. La quería si estaba enferma, y rogando mi propio perdón, la quería si corría mucho viento y tenía las manos heladas. Yo misma había regresado a la caverna.
Probé entonces un día sentir el aroma de la maltratada cazuela, pensando que quizás encontraría en ella lo que comenzaba a descubrir en otros caldos. Destapé la olla con cuidado y acerqué mi nariz, tan parecida a la de mi padre. Cerré el cazo de inmediato, torciendo la boca en un gesto de disgusto. Insípida, aguada, de feo color, con patéticos fideos flotando en las turbias aguas. Despreciable como siempre. Entonces supe que había vuelto a la caverna, pero que jamás me puse cadenas para asegurarme de no volver a salir.


martes, 27 de enero de 2015

Mamá, papá...tengo algo que decirles

Mamá, papá...tengo algo que decirles. Sé que un blog no es quizás la mejor manera. Existen muchas formas de ser sincero, pero yo he optado por la más cobarde. Pero no puede ser de otra manera. Lo he callado demasiado tiempo. Lo he ocultado, aún cuando quisiera gritarlo.
Me ocurre desde hace tiempo. No sé cómo inició todo. Tal vez en el colegio, mientras intentaba prestar atención en clases, enfundada en ese horrible uniforme color beterraga. Tal vez en la universidad, cuando me salpiqué de todos los colores, también horriblemente.
Mamá, papá...sé que no es lo que quisieran para mí. Que puede ser decepcionante, pero es algo que intento ocultar y no siempre lo logro. Es difícil. A veces incluso las fotografías me delatan. Y yo pruebo truco tras truco, buscando por aquí y por allá formas de disimularlo. Pero es más fuerte que yo.
Quisiera que supieran qué día tras día, estoy bombardeada por todos los flancos. Que la sociedad me grita que sea diferente. Que me esconda, me agazape, que disimule lo que me ocurre. Cada anuncio, cada programa, cada fotografía intenta forzarme a ser como ellos. Yo no puedo.Tal vez nací mal. Quizás soy un error.
Les juro que intentaré cambiar. Cada año me lo propongo, con tal de cumplir como hija, como hermana mayor, como novia, como estudiante, periodista, amiga, mujer, ser humano...pero es una carga muy pesada. Cuando cae la noche, me encuentra pensando cómo mejorar, como sacarme esto tan grande que me inunda y no me deja ser como el mundo dicta que sea.
Mamá, papá...tengo celulitis. Por favor, perdónenme. Pero si me aman, sé que al final me aceptarán como soy.

viernes, 23 de enero de 2015

Llevar la identidad atravesada

Sépase que vivo en una ciudad con aires de pueblito pequeño, donde todos se conocen y el calor suele ser, al menos para mi, infernal. Habito, además, en un país en el que, honestamente, la comida no se considera de exportación, contrario a los vinos, que corren por un carril aparte. Y la fruta, que es otro carril, aún más lejano. Recordemos que a un costado tenemos a ese Goliat de la gastronomía, Perú. En fin: pueblo costero con aires de Macondo, un clima envidiable -si tienes la posibilidad de pasarte en la playa todo el día- y la sensación de que, al final del día, el país no se preocupa mucho por la tierra que te vio nacer.
 No digo que yo lo sienta así, pero me imagino que es lo que sueles pensar si tus compatriotas más cercanos te quedan a 4 horas de viaje, mientras que el país vecino requiere, como mucho, 40 minutos en auto. Finalmente, todos estos factores desembocan en un fanatismo enceguecido por la ciudad en la que naciste. Rescatamos todo lo que tenga gusto a gloria, a reconocimiento. Que la batalla más corta del mundo, que las momias más antiguas del mundo, el desierto más seco, que Eiffel vino personalmente a ponernos una catedral y un montón de edificios, el lago a mayor altura, que todos, TODOS nos sabemos el himno local...todo sirve para ganar medallas.
Y en esa vorágine de identidad, un invento humilde se convierte en estandarte. Que si yo digo una masita dulce que en su interior lleva queso y salchichas, atravesada por un palito de madera, no suena comprensible. Si yo digo yogui, quizás suene algo más comercial. No dejaré volar mi imaginación explicando al lector la historia de este baluarte de nuestra pequeña ciudad, una de las pocas que todavía no tiene un mall, detalle nimio para muchos, desgarro de ropajes para otros. Los carritos con yoguis simplemente están. Por menos de un dólar se consiguen en casi cualquier calle.
A veces sofisiticados, con pulpo en lugar de salchichas. Exóticos, con la acidez de la piña revolcándose coqueta entre el queso y su más tradicional compañera. Patriotas, con merkén decorando su masa. Hay miles de combinaciones. Todas hablan de las ganas de mostrarse y estar.
Recuerdo que, hace ya varios años, una blasfema mostró un invento similar en la capital del país. contó que la única vez que vio algo parecido fue en nuestra tierra. Sin ningún miramiento, describió una mezcla tan horrible, que tuvo arcadas y la arrojó a un basurero a la mínima oportunidad. Mientras una revista de papel couché alababa su emprendimiento, miles de voces aullaron heridas por el atrevimiento. "¿Qué se cree esta niña? ¿Que sabe de nosotros, de nuestras tradiciones? ¿Por qué cree que sabe de lo que está hablando? No tiene nada, ¡nada!", clamaron al unísono.
A veces salgo de la oficina, y tras pocos pasos, me encuentro uno de estos carritos. Son pequeños, todos tienen la misma máquina. Algunos te preguntan si quieres conservar el excedente de la masa cocida, que puede aumentar considerablemente la superficie del producto, mas no su volumen. Siempre lo acepto.
Me subí a la micro, y le di entusiastas mordidas. La masa, aunque aceitosa en esa oportunidad, regaló sutilmente su dulzura. Los dos trozos de salchicha, mustiamente se envolvían en algo de queso. He probado mejores, claro. Pero cuando parta, sé que atesoraré el sabor del último yogui que probé, sin ningún miramiento. Porque ya lo he vivido: Cuando Goliat me tuvo en su seno, durante largos y agradables meses, probé todas las delicias que tenía para ofrecer. Pero cuando la nostalgia invadía, ni sus mejores manjares podían igualar al más humilde de los míos.