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martes, 1 de septiembre de 2015

Martes

El de Isabel había sido un día apocalíptico. Una devastadora sinfonía de problemas. Llegó tarde al trabajo por ir a dejar a su gato a la veterinaria- lo habían envenenado ¿¡Cómo pudieron!?- y el panorama no era alentador. En la oficina, los portazos fueron la banda sonora de la mañana, la impresora se rehusó a ser parte de aquella locura y simplemente dejó de funcionar y además  una pila de documentos imprescindibles se acumulaba en su escritorio.
La hora del almuerzo debió ofrecer algún consuelo, pero su local favorito estaba cerrado. Frustrada, se topó con un pequeño restauran que ofrecía comida italiana. Una jornada tan nefasta ciertamente no  incitaba a aventurarse, pero el agotamiento pudo más. Se tardaron muchísimo, mas en cuanto Isabel probó los fetuccinis con salsa Alfredo,  sintió un rayo de luz divina atravesando su pecho.
¿La salsa tendrá vino blanco?, se preguntó.
Regresó a la oficina. El día no mejoró, por supuesto. Se dio cuenta que había perdido uno de sus aros favoritos y tuvo una discusión con su pareja ni bien cruzó la puerta de su casa. Exhausta, se acostó deprisa.

“Seguro que tenía vino blanco” fue lo último que pensó antes de dormir.

lunes, 24 de agosto de 2015

El gato y el ratón

Gustavo llegó a la posada movido por la aventura. Era de esos locales solitarios, donde el menú y las porciones dependen del estado de ánimo de los dueños. Pidió una empanada de queso camarón y un té, que  estaba demasiado dulce. Mientras agradecía infinitamente la temperatura del queso derretido, Ulises, el dueño del lugar, tomó sus huevos revueltos, su taza de latón  humeante y decidió que habiendo otro comensal, no había razón para comer solo.
Gustavo, pese a todo, era un apasionado de las buenas historias. Y Ulises tenía muchas. Contó aventuras increíbles, de esas que sólo tienen los pescadores viejos y curtidos. La expresión atenta del cabro era sincera, así que la retribuyó con toda la comida y los relatos que  la tarde aguantara.
-Sabe qué pasa, es que hay mucho marino que es gato. Y son muy buenos gatos, pero yo llevo 48 años siendo ratón- comentó entre relatos.

La hora de irse los encontró. Gustavo, el gato, había reconocido el sabor de lo prohibido en cuanto lo probó. Gustavo, el comensal, se despidió con un apretón de manos y salió del lugar  con el estómago lleno, una  tímida sonrisa y una historia que no hacía falta contar.